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Mentir por mentir

Mentir por mentir

Todos mentimos alguna vez. Sin embargo, hay límites que no se deben traspasar nunca jamás, porque la balanza que sostiene la credibilidad pende de un hilo extremadamente fino y frágil. Las personas mienten, los políticos mienten y los periódicos también mienten o, en su defecto, omiten la verdad, que al fin y al cabo lleva a lo mismo: a basar la información en la falacia. Una madeja que al final se termina desenredando, porque un ciudadano tira de ella o uno de esos profesionales de la información se hace con unos papeles que no debe y descubre que hay ciertas cosas que tristemente son turbias, sobre todo cuando uno trabaja en un medio de comunicación (cuarto poder que, supuestamente, desvela y hacer emerger a la luz pública la verdad y nada más que la verdad). Y se hace. Todos se enteran de lo ocurrido. Pero un teléfono suena muy temprano, la presión hace temblar el bolsillo de la empresa, las altas esferas de la entidad privada comienzan a emanar sudor por sus poros y encuentran una solución adaptada a los intereses de todos: del perjudicado, por la mala publicidad que se le ha hecho por la información publicada, y la de la empresa, que recupera la tranquilidad y logra que su cuenta bancaria no decrezca mensualmente un 1% en su capital de ingresos netos.

En este juego está clarísimo quién gana: el que hace las cosas mal, ilegalmente, pero que siempre paga puntualmente todas sus deudas. El perdedor: la persona honesta que aún teniendo la verdad recogida por escrita y certificada con unos cuños oficiales debe bajar la cabeza, permitir que se mancille su nombre y derrumbarse por empezar a darse cuenta de que en esta profesión -el periodismo- todo está sujeto a los intereses de alguien, ya sea un político, un empresario o un amigo de un amigo que se codea con el secretario del ayudante adjunto de un sobrino de la mujer del dueño de un periódico.

La política municipal a menos de un mes de Navidad

La política municipal a menos de un mes de Navidad

1 de diciembre. La cosa no ha mejorado para ninguno de los municipios que componen la comarca Norte de Gran Canaria. No van hacia adelante y más bien parecen retroceder en un ciclón que no tiene fin y que cada vez se torna más oscuro y menos esperanzador para los ciudadanos.

Unos juegan a hacer política rastrera, como en Firgas. Otros ondean la bandera de la humildad y se bajan el sueldo bruto mensual un 20%, "para dar ejemplo", como en Gáldar. Algunos juegan a tirar de la cuerda dentro del mismo grupo de gobierno, ahora te hablo y ahora no te hablo, tal cual les pasa a los ediles de Moya. Rayan la inmoralidad otros, en una localidad donde nunca se sabe quién dice la verdad, con puerto y barcos. Otros parecen angelitos, bienechores indiscutibles a los ojos de cualquiera que ha pasado por alto mirar debajo del sofá a haber si estaba impoluto, donde una sonrisa y un control absoluto sobre la información son la tónica dominante del día a día, eso sí; siempre con una sonrisa y un "no sé de qué me hablas" por delante (nicho grancanario de Coalición Canaria). Otros respiran tranquilidad abosluta, pues la oposición que los acompaña en el salón de plenos o está en coma o representa la estupidez consumada y elevada al cuadrado, hablamos de Teror, donde todos los concejales del grupo de gobierno, sin excepción alguna saben lo que se traen entre manos dentro de sus áreas de responsabilidad, increíble a la par de inaudito. No lejos del mar otra coalición hace y deshace a su antojo, cambia el sentido de las calles, cierra aparcamientos, obligando al ciudadano a pagar por estacionar, o montan trifulcas entre ellos porque son incapaces de ponerse de acuerdo excepto en dar negativas constantes a la oposición (Sí, me refiero a Arucas). No menos escandaloso es el caso de Valleseco, donde la política se utiliza hasta para comprar papel higiénico. "Perdone, Pepito, diríjase al establecimiento socialista más cercano, ya que en esta tienda sólo vendemos papel para la nalga derecha y usted tiene las dos de izquierda". Roza la barbarie que unos políticos tan jóvenes no sepan ver más allá de una ideología que, cada vez, se diluye más (llámese cambio de chaqueta, como el del regidor de Firgas, Manuel Báez, que fue visto en un congreso de Coalición Canaria hace poco). Artenara tampoco está exenta de polémica, aunque alejada, sus mandatarios tampoco se llegan a poner de acuerdo, hasta tal punto que alcaldesa y primer teniente de alcalde no se hablan (el sino de las uniones forzosas NC y PSOE, pacto que sólo, a simple vista, parece funcionar en el cabildo insular. Con mucha lógica, pues los socialistas permiten a los de Román hacer y deshacer a su antojo).

Visión rápida y muy crítica que me lleva a pensar que, sea quien sea el que gobierne, nunca el Norte tomará el rumbo adecuado ni será capaz de unirse para luchar por el bien de las personas que habitan en esta comarca grancanaria, pues en el Norte prima más el egocentrismo y la vanidad, que las ganas de hacer cosas por los demás.

La Felicidad

La Felicidad

Llega la época estival y las publicaciones sobrexplotan el concepto de la felicidad de mil formas diferentes. Páginas y páginas repletas de este vocablo tan abstracto y subjetivo que las grandes marcas han sabido utilizar de reclamo para desahacerse de sus productos entre una muchedumbre cada vez más consumista que está, incluso, dispuesta a morir de inanición por poseer objetos de diversa índole que cree que le ofrecerá reconocimiento social o un estado de chisporreante optimismo y alegría  para el resto de su peculiar vida.

Dentro de la escala de necesidades del ser humano, muy bien esquematizada por la pirámide de Maslow, aparece en último término la autorrealización del individuo, que se ha convertido en las últimas décadas del siglo XX y en el nacimiento del XXI en la mayor preocupación de los mal llamados países del Primer Mundo, lo que ha derivado en lo que todos conocemos vulgarmente como depresión y estrés, estados de ánimo que antes sólo aletaban entorno a los burgueses y sujetos pertenecientes a las altas esferas, cuya menor preocupación era qué comerán tal día como hoy, pues sus economías boyantes les permitían tener sus mentes ocupadas en otros asuntos menos trascendentes que los de pararse a pensar en sus necesidades fisiológicas básicas (primer escalón de la pirámide de Maslow).

En los continentes desarrollados la pirámide de Maslow ha llegado al clímax, cuestión que se evidencia en las cada vez más abarrotadas consultas de psicólogos y las miles de recetas de prozac rubricadas por psiquiatras en las farmacias. La frustración llama a las débiles puertas de los mortales del Primer Mundo que, frente a cualquier contratiempo del carácter más nimio imaginado, como el pinchazo de una rueda en la carretera, se hunden. La bandera que se enarbola en este milenio es la de la estupidez absoluta, lo que me lleva a apoyar, en ocasiones, la afirmación que reza: "un optimista sólo es un pesimista desinformado".

La felicidad no se haya en una tarjeta de crédito ni en ese coche ni en ese vestido. La felicidad se localiza en los pequeños momentos, en la cotidianidad, en la lectura de un libro, en la llamada de un viejo amigo, en un almuerzo familiar, en saborear los placeres del sexo o en una simple romería de pueblo. Los dictámenes de la felicidad son distintos para cada persona, porque cada individuo es un mundo de subjetividad con un mecanismo muy complejo de desmenuzar, pero todos los sujetos quieren más, somos ambiciosos por naturaleza, y confunden la autorrealización con el camino a la eterna, o más bien etérea, felicidad.

Una de esas publicaciones que, nuevamente, ha aprovechado la época estival para hacer apología de la felicidad subraya un pensamiento que es cierto; cuando uno se pregunta asimismo si es feliz, se desvanece ese estadio de plenitud mental dando paso a trágicas expresiones en las que las personas llegan a la falsa conclusión de que sus vidas carecen de sentido. Otra de estas publicaciones relacionaba la felicidad con el dinero y con la honestidad sin dar una vaga explicación de qué se quería transmitir con el artículo. Estas dos afirmaciones llevan a un ser medianamente inteligente a darse cuenta de que nadie ostenta el título de la verdad absoluta y que la felicidad es simplemente lo que nos hace sentirnos bien a lo largo del día, sin más; sin dinero de plástico, sin ese coche y sin ese libro de autoestima que te has comprado y en el que te ves reflejado a cada párrafo.

Entrevista a Samuel Eto´o

Entrevista a Samuel Eto´o

En el número de junio de la revista femenina Marie Claire, la conocídisima periodista Mercedes Milá, caracterizada por sus excentricidades y su predeterminación a pensar que su mal fabricada omniscencia debe de convertirse en filosofía mundial, deleitaba a las lectoras de la publicación con una entrevista al futbolista camerunés Samuel Eto´o.

En la portada ya se hacía un reclamo a las ávidas lectoras, aunque no se indicaba que la afamada presentadora del mayor reality show jamás emitido era la encargada de guiar la entrevista al futbolista culé. Curiosamente, en ese primer acercamiento a la publicación, que vende más por ser una portada atractiva o por engatuzar con obsequios baratos, a primera vista los ojos se dirigen hacia los protagonistas de ésta: George Clooney y Renée Zellweger, dejando en un segundo plano el resto de temas que llenan las más de 200 páginas de la misma. Pues en segundo término, bajo un epígrafe bastante llamativo, Especial hombres, aparece el nombre de este conocido deportista africano, avalado, en segundo término, por un subtítulo bastante alentador:"El futbolista sensible".

Explosiva denominación para alguien que en más de una ocasión ha demostrado ser una persona caprichosa y de difícil contención lenguina. Por este motivo, pasé página tras página hasta llegar al espacio que Marie Claire había dedicado a él en este número. Decidí pasarlo de largo hasta que vi la rúbrica de Mercedes Milá estampada en las tres páginas que se centran en el jugador culé. ¿Hombre sensible?, me pregunté y lo cierto es que mi interés se incrementó hasta el punto de llegar al final de cada palabra transcrita en el papel cuché. Así fue como descubrí que Eto´o tiene 27 años, tres hijos, una mujer, que se ganaba la vida haciendo de guía para los extranjeros en los aeropuertos de su país y que un día emigró a Francia y estuvo siete meses encerrado en el piso de su hermana para no ser deportado a su país, pues permanecía ilegalmente en él.

Chapó el titular de la portada. Acertó con lo que en sus páginas se recoge, pero la publicación cometió un tremendo error. Permitió que Milá se convirtiera en protagonista de la entrevista cuando le dio la vuelta al asunto y terminó ensalzando su imagen como buena periodista, bajo un halo de hedonismo que la ha acompañado desde que en reiteradas ocasiones la he visto a través de la pantalla de mi televisor. Quizás, ella se lo pueda permitir a sus 57 años, pero ha logrado que una entrevista dedicada a un jugador de fútbol culmine con halagos hacia su persona. Impropio de una persona humilde y de un periodista que sabe lo que se trae entre manos. Su vanidad ha vuelto a dominar su trabajo, que ha dejado en mi una huella de decepción como profesional de este gremio tan loco que, en muy pocas ocasiones, hace que nos olvidemos de la profesión y recordemos quiénes somos lejos de las excentricidades de ver nuestros nombres y primeros apellidos impresos en una revista o periódico.

Capítulo 19

Capítulo 19

¡He conocido a alguien! Biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen, pero requetebien. Los créditos de libre configuración en la cafetería de la universidad no sólo le estaban haciendo un favor a mi hígado, que se alimentaba de minis de cerveza y calimocho constantemente, sino también a mi gélido y rocoso corazón. Se llamaba Jesús. Esto es una señal, pensé cuando lo conocí. Dios me ha mandado a mi salvación, quiere que vuelva a sentir y este es el definitivo. Evidentemente, me equivoqué porque a día de hoy sigo soltera, sin hijos y sin ningún atisbo de tener una relación seria que me guíe hasta un precioso altar y me ate a un hombre el resto de mi vida.

Jesús era moreno, no muy atlético y más alto que yo (súper importante que el hombre sea, como mínimo un 9% más alto que una chica, teniendo en cuenta que mis tacones de Purificación García tienen siempre entre 7 y 9 centímetros), pero lo que me más gustaba de él era que me hacía reir constantemente y que de paso yo me liberaba y podía ser yo misma. Todo empezó con una simple amistad en clase que, de repente, un día derivó en unos besos apasionados, pero que muy apasionados, en un callejón oscuro de Madrid, en un barrio lejano del centro al que llegaba al metro (Gallardón y Aguirre necesitaban el voto de los más favorecidos, yo creo que por eso llegó hasta mi barrio de extranjeros este valioso medio de transporte el mismo mes que decidí volver para siempre a mi tierra). Allí nos besamos y nos metimos mano. Yo me lancé y le toqué el pito, y ¡qué pito!, por Dios, estoy en el cielo, era E-N-O-R-M-E, menuda verga que tenía el amigo, si mal no recuerdo era hasta sedosa.

Ring, ring, ring. -Violeta, me he enamorado.

-¿Otra vez? Por Dios.

-Pero no de un tío, sino de su polla. No se la he visto pero al tacto es una maravilla.

-Jajajajajaja. No puedo contigo. Vamos a la cafetería de la residencia, nos echamos unas cañitas y me lo cuentas todo.

Efectivamente, bajamos a la cafetería y allí escupí todo lo que llevaba dentro. Por primera vez en mi vida había descubierto los placeres de sólo querer practicar sexo sin que hubiese sentimientos de por medio. Lo cierto es que, a día de hoy, pienso que es lo más práctico. Yo me desahogo, ayudo al chico a desahogarse y todos contentos. Eso sí, cada uno en su casa y Dios en la de todos. Violeta me animó a tener un escarceo amoroso con él, me dijo que lo probara porque un clavo saca a otro y que así me olvidaría de Manu y podría empezar una nueva etapa. Como siempre, confié en ella.

Me fui de compras con Violeta esa misma tarde, nos metimos en una tienda exclusiva dedicada a la lencería femenina. Había conjuntos maravillosos, me compré dos (consejo: siempre que compres ropa interior lávala, aunque sea a mano, nunca sabes si a alguien se le ha ocurrido probársela con el chocho lleno de ladillas). Me llevé al colegio mayor un conjunto negro, que consistía en un bello sujetador de encaje y un tanga, que más que tanga era un tapa líneas púbico, ya que aquello cubría el clítorix y poquito más, y otro blanco similar, pero la braga era un culotte, que creo que es lo más atractivo a los ojos de un tío porque enseña lo justo e insinúa lo suficiente como para que te lo arranque con la mirada.

Esa tarde, a última hora recibí una llamada a mi móvil. Era él, qué nervios. Me invitó a salir, a irnos a tomar una copita por Alonso Martínez. Por supuesto, antes de llegar allí pasamos por un lugar que me gustaba bastante y que estaba ubicado cerca de la plazoleta de Bilbao, su nombre era la Chocita Sueca. La verdad es que me gustaba el lugar porque nunca había nadie de la residencia y había buen material varonil, aunque también mucha competencia feroz entre las tías. Es más, recuerdo que una ocasión salí con Violeta y unas amigas pijas de ella a ese lugar y me puso un top abierto por la espalda, sin sujetador (antes no existían los maravillosos sujetadores esos de silicona a prueba de cualquier movimiento que se te sujetan a las tetas de tal manera que cuando te despegas las tetas postizas esas crees en el firmamento, ya que parece que la piel de pecho se va a ir con ese sujetador) y un tío me entró.

-Oye, ¿tienes frío sólo por la izquierda?

-¿Cómo?, contesté yo.

-Sí. Es que tienes un pezón con la luz larga y el otro normalito.

Joder, pasé una vergüenza de muerte. Pero, con 18 años tienes salida para todo y, en lugar de ruborizarme, aguanté el tirón y le dije: "si tú me enseñas tu cosita madrileña, yo a cambio te mostraré mi tierna tetita". Por supuesto, el tío aceptó y se sacó la polla delante mía, de Violeta y de sus dos colegas. Me morí de risa, no tenía un tornillo, lo único que tenía era una tuerca, rechoncha y deformada. Aunque en tiempo de guerra cualquier agujero sirve de trinchera hay cosas que es mejor pasar (apúntatelo para que no te lleves disgustos).

Jesús y yo lo pasamos de fábula aquella noche. Nos echamos un par de copas o más, nos reímos y besamos todo el tiempo y terminamos en su casa. Por fin iba a haber intimidad, pero qué disgusto cuando le bajé los calzoncillos. Es cierto que mi tacto no me engañó, tenía un buen sable, eso es indiscutible, pero cuando hice una incursión por sus bajos me llevé la mayor decepción de mi vida: ¡OLÍA A HUEVOS SUDADOS! ¡QUÉ D-I-S-G-U-S-T-O! En mi vida me había sucedido aquello, claro que sólo le había hecho mamadas a mi primer novio y porque a él le gustaban, no porque yo supiera lo exitante que es ver a un tío ponerse como una moto y ver, posteriormente, como te devuelve el favor follando como conejos o tirándote sobre la mesa o cualquier superficie plana y bajar al pilón para hacerte ver las estrellas reiteradamente. Frente a la situación decidí que lo mejor era rajarse cuanto antes de su casa. Puse cara de compungida y le dije que no estaba preparada para tener relaciones sexuales todavía. Mentira cochina. Con esta pequeña falacia logré salvarme de chupar huevos podridos, no herir su ego masculino y volver a repetir, evidentemente cuando tuviera los bajos bien aseados, y quedar como una reina.

Capítulo 18

Capítulo 18

Era un día normal y corriente. En la universidad pública los profesores hacían huelga y yo no asistí a clase. Dormí toda la mañana y me levanté a la hora de almozar. Por ese entonces Violeta estaba llegando de su escuela de negocios pija y estupenda y me llamó al cuarto para que bajara, de un cuarto piso y sin ascensor, al comedor para compartir un rato juntas.

Comenzamos a hablar del oro y del moro y, por supuesto, no podíamos pasar por alto la llegada de la chica nueva (Sofía). Como en todos lados siempre hay quien critica, nostras no éramos una excepción. Nos acercamos a ella y desde un principio nos cayó mal.

Decálogo para la primera vez que ves a alguien, sobre todo si es del mismo género sexual que tú:

Primero: Observas de arriba abajo a la persona.

Segundo: Preguntas quién es, de dónde viene y qué hace en la residencia.

Tercero: Te presentas o haces que te presenten.

Cuarto: Aunque suene radical, la primera impresión es la que cuenta. Evidentemente, sobran las palabras. Nos cayó mal nada más abrir la boca y no es que fuera una pija idiota, era peor: bastante mona, mayor que nosostras y tenía a los tíos loquitos, incluido Manu, que aunque yo ya no estaba con él aún tenía la esperanza de que todo se arreglaría y volveríamos a estar juntos, revueltos y sudorosos.

Quinto: Una vez descubres que te cae mal del todo, el siguiente paso es ir a por ella con disimulo, es decir; seguir el refrán que dice: "a los amigos hay que tenerlos cerca y a los enemigos más cerca aún". Pues eso fue lo que hicimos, pero pronto se nos vio el plumero. La edad es lo que tiene no conoces a la perfección el arte del histrionismo, aunque la intención es lo que cuenta.

Una tarde a Violeta se le cruzaron sus cables, para variar (ironía). Cogió unas bombas fétidas y decidió que era hora de que nos diéramos un paseo por el tejado del colegio mayor. Nos dirigimos, sigilosamente, hasta la ventana del cuarto de Sofía, en el primer piso.

-Celia, agárrame que me caigo para poder abrir esta puta ventana.

-Por Dios, Violeta, pasa de tirar la bomba fétida. Nos van a ver y las monjas nos amonestarán.

-Cállate, coño. Siempre estás igual. Además, si nos pillan diré que fui yo y ya está.

La agarré, como me indicó la sargento Violeta, subió la persiana de madera y tiró la bomba fétida en su interior. Empezamos a reirnos y yo no podía dejar de reir y reir, tanto que finalmente me hice pis en mis únicos pantalones limpios. Sí, me costaba ir a poner lavadoras, con 18 años creo que le pasa a todo el mundo (una defensa estúpida, pero no me voy a echar piedras a mi propio tejado, ¿o sí? Más bien, no). Violeta, de repente, se dio cuenta de que la habitaciónde Sofía no olía mal.

-Me cago en todo. No se estalló, pero esta se va a enterar. Ven conmigo ahora mismo.

-Pero, ¿qué quieres hacer, Violeta?.

-Cállate y cuida que no venga nadie. Ponte al principio del pasillo y avísame si aparece alguna monja o cualquier persona.

-Ni de coña. No entres en la habitación.

Por supuesto, no me hizo caso. No pienses que forzamos la cerradura (mucho), con una traba para el pelo se pueden hacer maravillas y poco de arte a la hora de hurtar. Violeta logró abrir la puerta, se metió dentro y se puso a buscar la bomba fétida por todos lados. Yo sólo oía improperios de esos no muy católicos, mientras buscaba la bomba, hasta que oí: "mira la bendita bomba aquí. La gilipollas esta se va a enterar de lo que vale un peine (hace ocho años se hablaba así. Ahora existe un vocabulario más amplio y menos sofisticado para expresar este tipo de cosas, tales como "te vas a cagar")". La estrelló contra el suelo y salió pitando del cuarto de Sofía, eso sí, con su caja de tabaco Fortuna. Éramos de lo que no había. Pero, lo peor de todo no fue que tiramos la bomba fétida en su habitación, sino que esperamos a que el olor ondeara por todas las esquinas de su cuarto y luega se extendiera, como un virus por la primera planta del ala femenino de la residencia.

Comentarios varios al olor hubo durante todo aquel día, que si había una rata muerta en la habitación de la nueva, que si no se hacía baños checos (díagase lavarse la almeja), que si las bragas las tenía negras y parecían un blandi blu y hasta que tenía a un muerto en su habitación. Las chicas comenzaron a humillarla, sobre todo las pijas, y los rumores se extendieron como la pólvora por todo el colegio mayor. Aunque el más que permaneció fue que no se lavaba el conejo y que si te atrevías a comerte eso cogerías tal intoxicación que no lo contarías. Sofía se hundió hasta que comenzaron nuevos rumores y la gente se olvidó de aquel incidente apestoso, aunque el moto la perseguiría todo el año: Chochoolía.

Sí, fuimos malas, pero éramos niñas y, como los perros, hay que marcar el territorio. Nunca nadie supo de dónde provenía ese olor. Sólo Violeta, yo y mis pantalones meados, que se fueron a la lavadora junto con medio ropero más que hacía un mes que no lavaba.

Capítulo 17

Capítulo 17

No había parado de llover aquel día ni en el exterior ni en el interior de mi habitación, en un cuarto piso y sin ascensor. Ni siquiera me había aseado. Llevaba más de 24 horas encerrada en mi habitación, dándole vueltas a cómo había terminado mi historia con Manu. Sólo pensaba en que había perdido al amor de mi vida por este carácter que tengo. Con los años he llegado a la conclusión de que una siempre se enamora de los cáncamos, de aquellos que han nacido para engañarte, humillarte, indignarte y hacerte un terrible daño, tanto que no quieres volver a abrirte a más nadie, ni de patas ni de corazón. Pero los días lluviosos y grises, como aquel, con la música deprimente de Luz Casal de fondo no siempre son malos del todo.

De repente, la puerta de mi habitación se abrió. Un torbellino de alegría entró en ella, sin pedir permiso, como siempre. Ahí estaba. La dicharachera: Violeta.

-Joder, qué peste, Celia. Parece que haya un  muerto en tu habitación.

-Soy yo. No me he duchado en dos días. Todavía apesto a Manu. Se ha acabado.

-Pues es lo mejor que te ha podido pasar, mi niña linda. Eso tío no es más que un cerdo. Siempre juega con las chicas y las deja echas una mierda.

-Ahí te doy toda la razón. Pero, he de confesar que la culpa ha sido mía y sólo mía. Me dejé llevar por los nervios y ahora lo he perdido. Lo he insultado y me he largado de su casa.

Entonces, le enseñé mi pedazo de tatuaje en la nalga derecha, consecuencia de mi huída frustrada. Ella rió y rió. Sus carcajadas sonaron en todo el ala femenina del edificio y me dijo: "eres mi ídolo", a lo que añadió: "ahora tienes el culo como los cordobeces, partío en dos veces". Lo cierto es que me tuve que reir y también, todo hay que decirlo, ducharme en mi pequeño plato de ducha mientras ella esperaba, sólo para confirmar que realmente me aseaba.

Me eligió la ropa, incluso hasta las bragas y el sujetador. Sacó el mejor conjunto de ropa interior que tenía, uno de seda de Calvin Klein que me había regalado mi madre hacía un par de meses y que nunca me había puesto. Aún pensaba que las bragas panaderas, de esas de las abuelas, color bisón eran muy sexys. Ya lo he dicho: INGENUA. Y, me obligó a bajar a la cafetería del colegio mayor con ella. Allí bebimos y bebimos, una cerveza tras otra, y otra y otra más y así sucesivamente, eso sí sin perder el control, pero muy contentas. Hablamos y despotricamos en contra de los hombres. Violeta me habló del resentimiento que sentía hacia Gonzalo. Su frustración era mayor de lo que yo pensaba. Estaba totalmente cegada por la desesperación. Lo cierto es que ni yo ni nadie que lol haya vivido sabe lo que es realmente ver como una persona se hunde, innecesariamente, por culpa de algo que no considera vicio, pero que paulatinamente se convierte en una necesidad primero para, posteriormente, transformarse en una obsesión que te lleva al borde del precipicio. Yo, en cambio, sólo puedo hablar de cómo se te parte el corazón una y otra vez hasta que te vuelves gélida, hasta el punto de no sentir ni pena ni alegría cuando compartes intimidad, llámase sexo, con otra persona.

Salimos al jardín y allí vimos al grupúsculo de pijas cantaoras. Hablaban bajito y nosotras no quisimos molestarlas. Eso sí, agudizamos el oído para ver de qué hablaban y como no podía ser de otra forma: el centro del universo de aquellas chicas era el chico/a, guapo/a de Sergio y las mamadas, con mordiscos y sin ellos, con lametones y sin ellos y qué corrida de no sé que tío de la residencia era la más sabrosa. ¡Qué asco!, dijimos las dos en bajito, con el fin de que no nos escucharan y seguir delitándonos con las tonterías que decían. Si algún semen es sabroso que baje Dios y lo pruebe, porque yo no estoy dispuesta. Con sólo escuchar nos enteramos de que la odiosa Lucía Carrasco estaba coladita por Sergio, aquel con el que se desahogaba Violeta de vez en cuando y que cumplía puntualmente con lo que se le exigía: mínimo cuatro posturas (misionero, perrito y dos más que no sé explicar, pero que ya de mayor probé y entendí por qué dotaron a los hombres con fuerza en los brazos y un sable empinado) más dos cunilungus. Un deleite para la vagina de mi amiga que palpitaba cuando lo veía y sonreía después de haber pasado horas en la cama de él.

Lo cierto es que ese día no fue el alcohol quien me retrotrajo, momentáneamente, al mundo de la felicidad, sino mi ángel Violeta que siempre está ahí, por muchos enfados que hayamos tenido y que tengamos. El destino nos ha unido y creo que será  complicado que nos separe, siempre, por casualidad o no, nuestros caminos se cruzan, de una forma o de otra.