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Capítulo 18

Capítulo 18

Era un día normal y corriente. En la universidad pública los profesores hacían huelga y yo no asistí a clase. Dormí toda la mañana y me levanté a la hora de almozar. Por ese entonces Violeta estaba llegando de su escuela de negocios pija y estupenda y me llamó al cuarto para que bajara, de un cuarto piso y sin ascensor, al comedor para compartir un rato juntas.

Comenzamos a hablar del oro y del moro y, por supuesto, no podíamos pasar por alto la llegada de la chica nueva (Sofía). Como en todos lados siempre hay quien critica, nostras no éramos una excepción. Nos acercamos a ella y desde un principio nos cayó mal.

Decálogo para la primera vez que ves a alguien, sobre todo si es del mismo género sexual que tú:

Primero: Observas de arriba abajo a la persona.

Segundo: Preguntas quién es, de dónde viene y qué hace en la residencia.

Tercero: Te presentas o haces que te presenten.

Cuarto: Aunque suene radical, la primera impresión es la que cuenta. Evidentemente, sobran las palabras. Nos cayó mal nada más abrir la boca y no es que fuera una pija idiota, era peor: bastante mona, mayor que nosostras y tenía a los tíos loquitos, incluido Manu, que aunque yo ya no estaba con él aún tenía la esperanza de que todo se arreglaría y volveríamos a estar juntos, revueltos y sudorosos.

Quinto: Una vez descubres que te cae mal del todo, el siguiente paso es ir a por ella con disimulo, es decir; seguir el refrán que dice: "a los amigos hay que tenerlos cerca y a los enemigos más cerca aún". Pues eso fue lo que hicimos, pero pronto se nos vio el plumero. La edad es lo que tiene no conoces a la perfección el arte del histrionismo, aunque la intención es lo que cuenta.

Una tarde a Violeta se le cruzaron sus cables, para variar (ironía). Cogió unas bombas fétidas y decidió que era hora de que nos diéramos un paseo por el tejado del colegio mayor. Nos dirigimos, sigilosamente, hasta la ventana del cuarto de Sofía, en el primer piso.

-Celia, agárrame que me caigo para poder abrir esta puta ventana.

-Por Dios, Violeta, pasa de tirar la bomba fétida. Nos van a ver y las monjas nos amonestarán.

-Cállate, coño. Siempre estás igual. Además, si nos pillan diré que fui yo y ya está.

La agarré, como me indicó la sargento Violeta, subió la persiana de madera y tiró la bomba fétida en su interior. Empezamos a reirnos y yo no podía dejar de reir y reir, tanto que finalmente me hice pis en mis únicos pantalones limpios. Sí, me costaba ir a poner lavadoras, con 18 años creo que le pasa a todo el mundo (una defensa estúpida, pero no me voy a echar piedras a mi propio tejado, ¿o sí? Más bien, no). Violeta, de repente, se dio cuenta de que la habitaciónde Sofía no olía mal.

-Me cago en todo. No se estalló, pero esta se va a enterar. Ven conmigo ahora mismo.

-Pero, ¿qué quieres hacer, Violeta?.

-Cállate y cuida que no venga nadie. Ponte al principio del pasillo y avísame si aparece alguna monja o cualquier persona.

-Ni de coña. No entres en la habitación.

Por supuesto, no me hizo caso. No pienses que forzamos la cerradura (mucho), con una traba para el pelo se pueden hacer maravillas y poco de arte a la hora de hurtar. Violeta logró abrir la puerta, se metió dentro y se puso a buscar la bomba fétida por todos lados. Yo sólo oía improperios de esos no muy católicos, mientras buscaba la bomba, hasta que oí: "mira la bendita bomba aquí. La gilipollas esta se va a enterar de lo que vale un peine (hace ocho años se hablaba así. Ahora existe un vocabulario más amplio y menos sofisticado para expresar este tipo de cosas, tales como "te vas a cagar")". La estrelló contra el suelo y salió pitando del cuarto de Sofía, eso sí, con su caja de tabaco Fortuna. Éramos de lo que no había. Pero, lo peor de todo no fue que tiramos la bomba fétida en su habitación, sino que esperamos a que el olor ondeara por todas las esquinas de su cuarto y luega se extendiera, como un virus por la primera planta del ala femenino de la residencia.

Comentarios varios al olor hubo durante todo aquel día, que si había una rata muerta en la habitación de la nueva, que si no se hacía baños checos (díagase lavarse la almeja), que si las bragas las tenía negras y parecían un blandi blu y hasta que tenía a un muerto en su habitación. Las chicas comenzaron a humillarla, sobre todo las pijas, y los rumores se extendieron como la pólvora por todo el colegio mayor. Aunque el más que permaneció fue que no se lavaba el conejo y que si te atrevías a comerte eso cogerías tal intoxicación que no lo contarías. Sofía se hundió hasta que comenzaron nuevos rumores y la gente se olvidó de aquel incidente apestoso, aunque el moto la perseguiría todo el año: Chochoolía.

Sí, fuimos malas, pero éramos niñas y, como los perros, hay que marcar el territorio. Nunca nadie supo de dónde provenía ese olor. Sólo Violeta, yo y mis pantalones meados, que se fueron a la lavadora junto con medio ropero más que hacía un mes que no lavaba.

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