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La Felicidad

La Felicidad

Llega la época estival y las publicaciones sobrexplotan el concepto de la felicidad de mil formas diferentes. Páginas y páginas repletas de este vocablo tan abstracto y subjetivo que las grandes marcas han sabido utilizar de reclamo para desahacerse de sus productos entre una muchedumbre cada vez más consumista que está, incluso, dispuesta a morir de inanición por poseer objetos de diversa índole que cree que le ofrecerá reconocimiento social o un estado de chisporreante optimismo y alegría  para el resto de su peculiar vida.

Dentro de la escala de necesidades del ser humano, muy bien esquematizada por la pirámide de Maslow, aparece en último término la autorrealización del individuo, que se ha convertido en las últimas décadas del siglo XX y en el nacimiento del XXI en la mayor preocupación de los mal llamados países del Primer Mundo, lo que ha derivado en lo que todos conocemos vulgarmente como depresión y estrés, estados de ánimo que antes sólo aletaban entorno a los burgueses y sujetos pertenecientes a las altas esferas, cuya menor preocupación era qué comerán tal día como hoy, pues sus economías boyantes les permitían tener sus mentes ocupadas en otros asuntos menos trascendentes que los de pararse a pensar en sus necesidades fisiológicas básicas (primer escalón de la pirámide de Maslow).

En los continentes desarrollados la pirámide de Maslow ha llegado al clímax, cuestión que se evidencia en las cada vez más abarrotadas consultas de psicólogos y las miles de recetas de prozac rubricadas por psiquiatras en las farmacias. La frustración llama a las débiles puertas de los mortales del Primer Mundo que, frente a cualquier contratiempo del carácter más nimio imaginado, como el pinchazo de una rueda en la carretera, se hunden. La bandera que se enarbola en este milenio es la de la estupidez absoluta, lo que me lleva a apoyar, en ocasiones, la afirmación que reza: "un optimista sólo es un pesimista desinformado".

La felicidad no se haya en una tarjeta de crédito ni en ese coche ni en ese vestido. La felicidad se localiza en los pequeños momentos, en la cotidianidad, en la lectura de un libro, en la llamada de un viejo amigo, en un almuerzo familiar, en saborear los placeres del sexo o en una simple romería de pueblo. Los dictámenes de la felicidad son distintos para cada persona, porque cada individuo es un mundo de subjetividad con un mecanismo muy complejo de desmenuzar, pero todos los sujetos quieren más, somos ambiciosos por naturaleza, y confunden la autorrealización con el camino a la eterna, o más bien etérea, felicidad.

Una de esas publicaciones que, nuevamente, ha aprovechado la época estival para hacer apología de la felicidad subraya un pensamiento que es cierto; cuando uno se pregunta asimismo si es feliz, se desvanece ese estadio de plenitud mental dando paso a trágicas expresiones en las que las personas llegan a la falsa conclusión de que sus vidas carecen de sentido. Otra de estas publicaciones relacionaba la felicidad con el dinero y con la honestidad sin dar una vaga explicación de qué se quería transmitir con el artículo. Estas dos afirmaciones llevan a un ser medianamente inteligente a darse cuenta de que nadie ostenta el título de la verdad absoluta y que la felicidad es simplemente lo que nos hace sentirnos bien a lo largo del día, sin más; sin dinero de plástico, sin ese coche y sin ese libro de autoestima que te has comprado y en el que te ves reflejado a cada párrafo.

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