Capítulo 19
¡He conocido a alguien! Biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen, pero requetebien. Los créditos de libre configuración en la cafetería de la universidad no sólo le estaban haciendo un favor a mi hígado, que se alimentaba de minis de cerveza y calimocho constantemente, sino también a mi gélido y rocoso corazón. Se llamaba Jesús. Esto es una señal, pensé cuando lo conocí. Dios me ha mandado a mi salvación, quiere que vuelva a sentir y este es el definitivo. Evidentemente, me equivoqué porque a día de hoy sigo soltera, sin hijos y sin ningún atisbo de tener una relación seria que me guíe hasta un precioso altar y me ate a un hombre el resto de mi vida.
Jesús era moreno, no muy atlético y más alto que yo (súper importante que el hombre sea, como mínimo un 9% más alto que una chica, teniendo en cuenta que mis tacones de Purificación García tienen siempre entre 7 y 9 centímetros), pero lo que me más gustaba de él era que me hacía reir constantemente y que de paso yo me liberaba y podía ser yo misma. Todo empezó con una simple amistad en clase que, de repente, un día derivó en unos besos apasionados, pero que muy apasionados, en un callejón oscuro de Madrid, en un barrio lejano del centro al que llegaba al metro (Gallardón y Aguirre necesitaban el voto de los más favorecidos, yo creo que por eso llegó hasta mi barrio de extranjeros este valioso medio de transporte el mismo mes que decidí volver para siempre a mi tierra). Allí nos besamos y nos metimos mano. Yo me lancé y le toqué el pito, y ¡qué pito!, por Dios, estoy en el cielo, era E-N-O-R-M-E, menuda verga que tenía el amigo, si mal no recuerdo era hasta sedosa.
Ring, ring, ring. -Violeta, me he enamorado.
-¿Otra vez? Por Dios.
-Pero no de un tío, sino de su polla. No se la he visto pero al tacto es una maravilla.
-Jajajajajaja. No puedo contigo. Vamos a la cafetería de la residencia, nos echamos unas cañitas y me lo cuentas todo.
Efectivamente, bajamos a la cafetería y allí escupí todo lo que llevaba dentro. Por primera vez en mi vida había descubierto los placeres de sólo querer practicar sexo sin que hubiese sentimientos de por medio. Lo cierto es que, a día de hoy, pienso que es lo más práctico. Yo me desahogo, ayudo al chico a desahogarse y todos contentos. Eso sí, cada uno en su casa y Dios en la de todos. Violeta me animó a tener un escarceo amoroso con él, me dijo que lo probara porque un clavo saca a otro y que así me olvidaría de Manu y podría empezar una nueva etapa. Como siempre, confié en ella.
Me fui de compras con Violeta esa misma tarde, nos metimos en una tienda exclusiva dedicada a la lencería femenina. Había conjuntos maravillosos, me compré dos (consejo: siempre que compres ropa interior lávala, aunque sea a mano, nunca sabes si a alguien se le ha ocurrido probársela con el chocho lleno de ladillas). Me llevé al colegio mayor un conjunto negro, que consistía en un bello sujetador de encaje y un tanga, que más que tanga era un tapa líneas púbico, ya que aquello cubría el clítorix y poquito más, y otro blanco similar, pero la braga era un culotte, que creo que es lo más atractivo a los ojos de un tío porque enseña lo justo e insinúa lo suficiente como para que te lo arranque con la mirada.
Esa tarde, a última hora recibí una llamada a mi móvil. Era él, qué nervios. Me invitó a salir, a irnos a tomar una copita por Alonso Martínez. Por supuesto, antes de llegar allí pasamos por un lugar que me gustaba bastante y que estaba ubicado cerca de la plazoleta de Bilbao, su nombre era la Chocita Sueca. La verdad es que me gustaba el lugar porque nunca había nadie de la residencia y había buen material varonil, aunque también mucha competencia feroz entre las tías. Es más, recuerdo que una ocasión salí con Violeta y unas amigas pijas de ella a ese lugar y me puso un top abierto por la espalda, sin sujetador (antes no existían los maravillosos sujetadores esos de silicona a prueba de cualquier movimiento que se te sujetan a las tetas de tal manera que cuando te despegas las tetas postizas esas crees en el firmamento, ya que parece que la piel de pecho se va a ir con ese sujetador) y un tío me entró.
-Oye, ¿tienes frío sólo por la izquierda?
-¿Cómo?, contesté yo.
-Sí. Es que tienes un pezón con la luz larga y el otro normalito.
Joder, pasé una vergüenza de muerte. Pero, con 18 años tienes salida para todo y, en lugar de ruborizarme, aguanté el tirón y le dije: "si tú me enseñas tu cosita madrileña, yo a cambio te mostraré mi tierna tetita". Por supuesto, el tío aceptó y se sacó la polla delante mía, de Violeta y de sus dos colegas. Me morí de risa, no tenía un tornillo, lo único que tenía era una tuerca, rechoncha y deformada. Aunque en tiempo de guerra cualquier agujero sirve de trinchera hay cosas que es mejor pasar (apúntatelo para que no te lleves disgustos).
Jesús y yo lo pasamos de fábula aquella noche. Nos echamos un par de copas o más, nos reímos y besamos todo el tiempo y terminamos en su casa. Por fin iba a haber intimidad, pero qué disgusto cuando le bajé los calzoncillos. Es cierto que mi tacto no me engañó, tenía un buen sable, eso es indiscutible, pero cuando hice una incursión por sus bajos me llevé la mayor decepción de mi vida: ¡OLÍA A HUEVOS SUDADOS! ¡QUÉ D-I-S-G-U-S-T-O! En mi vida me había sucedido aquello, claro que sólo le había hecho mamadas a mi primer novio y porque a él le gustaban, no porque yo supiera lo exitante que es ver a un tío ponerse como una moto y ver, posteriormente, como te devuelve el favor follando como conejos o tirándote sobre la mesa o cualquier superficie plana y bajar al pilón para hacerte ver las estrellas reiteradamente. Frente a la situación decidí que lo mejor era rajarse cuanto antes de su casa. Puse cara de compungida y le dije que no estaba preparada para tener relaciones sexuales todavía. Mentira cochina. Con esta pequeña falacia logré salvarme de chupar huevos podridos, no herir su ego masculino y volver a repetir, evidentemente cuando tuviera los bajos bien aseados, y quedar como una reina.
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