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Mentir por mentir

Mentir por mentir

Todos mentimos alguna vez. Sin embargo, hay límites que no se deben traspasar nunca jamás, porque la balanza que sostiene la credibilidad pende de un hilo extremadamente fino y frágil. Las personas mienten, los políticos mienten y los periódicos también mienten o, en su defecto, omiten la verdad, que al fin y al cabo lleva a lo mismo: a basar la información en la falacia. Una madeja que al final se termina desenredando, porque un ciudadano tira de ella o uno de esos profesionales de la información se hace con unos papeles que no debe y descubre que hay ciertas cosas que tristemente son turbias, sobre todo cuando uno trabaja en un medio de comunicación (cuarto poder que, supuestamente, desvela y hacer emerger a la luz pública la verdad y nada más que la verdad). Y se hace. Todos se enteran de lo ocurrido. Pero un teléfono suena muy temprano, la presión hace temblar el bolsillo de la empresa, las altas esferas de la entidad privada comienzan a emanar sudor por sus poros y encuentran una solución adaptada a los intereses de todos: del perjudicado, por la mala publicidad que se le ha hecho por la información publicada, y la de la empresa, que recupera la tranquilidad y logra que su cuenta bancaria no decrezca mensualmente un 1% en su capital de ingresos netos.

En este juego está clarísimo quién gana: el que hace las cosas mal, ilegalmente, pero que siempre paga puntualmente todas sus deudas. El perdedor: la persona honesta que aún teniendo la verdad recogida por escrita y certificada con unos cuños oficiales debe bajar la cabeza, permitir que se mancille su nombre y derrumbarse por empezar a darse cuenta de que en esta profesión -el periodismo- todo está sujeto a los intereses de alguien, ya sea un político, un empresario o un amigo de un amigo que se codea con el secretario del ayudante adjunto de un sobrino de la mujer del dueño de un periódico.

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