Capítulo 17
No había parado de llover aquel día ni en el exterior ni en el interior de mi habitación, en un cuarto piso y sin ascensor. Ni siquiera me había aseado. Llevaba más de 24 horas encerrada en mi habitación, dándole vueltas a cómo había terminado mi historia con Manu. Sólo pensaba en que había perdido al amor de mi vida por este carácter que tengo. Con los años he llegado a la conclusión de que una siempre se enamora de los cáncamos, de aquellos que han nacido para engañarte, humillarte, indignarte y hacerte un terrible daño, tanto que no quieres volver a abrirte a más nadie, ni de patas ni de corazón. Pero los días lluviosos y grises, como aquel, con la música deprimente de Luz Casal de fondo no siempre son malos del todo.
De repente, la puerta de mi habitación se abrió. Un torbellino de alegría entró en ella, sin pedir permiso, como siempre. Ahí estaba. La dicharachera: Violeta.
-Joder, qué peste, Celia. Parece que haya un muerto en tu habitación.
-Soy yo. No me he duchado en dos días. Todavía apesto a Manu. Se ha acabado.
-Pues es lo mejor que te ha podido pasar, mi niña linda. Eso tío no es más que un cerdo. Siempre juega con las chicas y las deja echas una mierda.
-Ahí te doy toda la razón. Pero, he de confesar que la culpa ha sido mía y sólo mía. Me dejé llevar por los nervios y ahora lo he perdido. Lo he insultado y me he largado de su casa.
Entonces, le enseñé mi pedazo de tatuaje en la nalga derecha, consecuencia de mi huída frustrada. Ella rió y rió. Sus carcajadas sonaron en todo el ala femenina del edificio y me dijo: "eres mi ídolo", a lo que añadió: "ahora tienes el culo como los cordobeces, partío en dos veces". Lo cierto es que me tuve que reir y también, todo hay que decirlo, ducharme en mi pequeño plato de ducha mientras ella esperaba, sólo para confirmar que realmente me aseaba.
Me eligió la ropa, incluso hasta las bragas y el sujetador. Sacó el mejor conjunto de ropa interior que tenía, uno de seda de Calvin Klein que me había regalado mi madre hacía un par de meses y que nunca me había puesto. Aún pensaba que las bragas panaderas, de esas de las abuelas, color bisón eran muy sexys. Ya lo he dicho: INGENUA. Y, me obligó a bajar a la cafetería del colegio mayor con ella. Allí bebimos y bebimos, una cerveza tras otra, y otra y otra más y así sucesivamente, eso sí sin perder el control, pero muy contentas. Hablamos y despotricamos en contra de los hombres. Violeta me habló del resentimiento que sentía hacia Gonzalo. Su frustración era mayor de lo que yo pensaba. Estaba totalmente cegada por la desesperación. Lo cierto es que ni yo ni nadie que lol haya vivido sabe lo que es realmente ver como una persona se hunde, innecesariamente, por culpa de algo que no considera vicio, pero que paulatinamente se convierte en una necesidad primero para, posteriormente, transformarse en una obsesión que te lleva al borde del precipicio. Yo, en cambio, sólo puedo hablar de cómo se te parte el corazón una y otra vez hasta que te vuelves gélida, hasta el punto de no sentir ni pena ni alegría cuando compartes intimidad, llámase sexo, con otra persona.
Salimos al jardín y allí vimos al grupúsculo de pijas cantaoras. Hablaban bajito y nosotras no quisimos molestarlas. Eso sí, agudizamos el oído para ver de qué hablaban y como no podía ser de otra forma: el centro del universo de aquellas chicas era el chico/a, guapo/a de Sergio y las mamadas, con mordiscos y sin ellos, con lametones y sin ellos y qué corrida de no sé que tío de la residencia era la más sabrosa. ¡Qué asco!, dijimos las dos en bajito, con el fin de que no nos escucharan y seguir delitándonos con las tonterías que decían. Si algún semen es sabroso que baje Dios y lo pruebe, porque yo no estoy dispuesta. Con sólo escuchar nos enteramos de que la odiosa Lucía Carrasco estaba coladita por Sergio, aquel con el que se desahogaba Violeta de vez en cuando y que cumplía puntualmente con lo que se le exigía: mínimo cuatro posturas (misionero, perrito y dos más que no sé explicar, pero que ya de mayor probé y entendí por qué dotaron a los hombres con fuerza en los brazos y un sable empinado) más dos cunilungus. Un deleite para la vagina de mi amiga que palpitaba cuando lo veía y sonreía después de haber pasado horas en la cama de él.
Lo cierto es que ese día no fue el alcohol quien me retrotrajo, momentáneamente, al mundo de la felicidad, sino mi ángel Violeta que siempre está ahí, por muchos enfados que hayamos tenido y que tengamos. El destino nos ha unido y creo que será complicado que nos separe, siempre, por casualidad o no, nuestros caminos se cruzan, de una forma o de otra.
0 comentarios