Capítulo 16
Todo iba fenomenal entre Manu y yo. Pero todo principio tiene un final y este llegó.
Una noche salimos de fiesta, como de costumbre y al bar de siempre y con la misma gente. Él estuvo toda la noche bailando con una rubia, esbelta y zorra mojigata que no sabía hacer la o con un canuto. Creo que sus palabras más elocuentes cuando me la presentó fueron: "jajaja, me gusta el color rojo porque me sienta muy bien". Magnífico, así condimenta ese dicho que reza: "las rubias somos tontas". Lo cierto es que la chica era tonta de verdad.
No me preocupé por el rozamiento intermitente, y digo intermitente porque Manu necesitaba mear o ir a pedir una copa y se alejaba de ella dos minutos, pero la muy moscona siempre volvía con él, porque sabía que en casa había solomillo, rubio y muy inteligente. Tan inteligente como pasional. Mi carácter aflora de vez en cuando y siempre suscede lo mismo: o mato o me mato, pero nadie puede conmigo.
Llegamos a su casa. Yo estaba bastante mosqueada porque se pegó toda la noche con la rubia tonta y discutimos.
-Has pasado de mi toda la noche. Siempre haces lo mismo. Eres un mujeriego.
-Joder, Celia, cómo eres. Tan sólo es una amiga.
-Pues si con tus amigas te rozas de esa manera no quiero saber qué haces cuando yo no estoy presente.
-No te pongas celosa, que no tengo ganas de discutir por una tontería.
-¿Tontería?- aquí consiguió cabrearme de tal manera que exploté, como un globo cuando lo estás hinchando- ¿Pero de qué vas? Tú lo que eres es un niñato que no me tiene respeto alguno. Sabes que estás bueno y te aprovechas de eso.
-No quiero hablar más. Vamos a dormir.
Resignada, me acosté a su lado. Empezó a meterme mano sigilosamente y a decirme que era la única en su vida, aunque la foto de su ex siguiera presente en su habitación, mirando cómo nos lo montábamos. Follamos. Ninguno de los dos llegó. Pero, por lo menos no tenía disfunción erectil y eso que bebeía como un cosaco. Cuál fue mi sorpresa cuando me doy cuenta de que se había dormido follando. Pero bueno. Lo que me faltaba, eso sí que terminó por ponerme de mala ostia. Le di un empujón y lo tiré al suelo.
-Qué coño haces Celia.
-No me puedo creer que te hayas quedado dormido mientras me hacías el amor. Estoy harta de ti. Eres un cabrón y no sabes lo que te pierdes.
Me vestí mientras él me hablaba, pero no escuchaba lo que decía. El demonio que llevaba dentro sólo me dejaba escupir sapos y culebras por la boca. Lo insulté todo lo que pude y más y a las 8.00 horas de la mañana salí por la puerta de su habitación dando un portazo y me dirigí hacia la verja. ¡Qué putada!, no tengo llave para abrir y no pienso volver arriba a decirle que me abra. Mientras yo pensaba cómo escapar de la casa apareció él, desnudo y tapado con el edredón.
-Venga, cielo, vuelve que hace frío.
-Que te den por culo.
Se dio la vuelta y volvió a su habitación. Pero qué poca vergüenza. Y encima me dice cielo. Mi cabreo se convirtió en indignación. Me subí el vestido hasta la cintura y con mis tacones de Purificación García escalé la verja, que medía unos tres metros de altura. Cuando salté al otro lado ya se me había congelado el pájaro del frío que hacía y tengo un precioso recuerdo de ese día, no en mi corazón, sino en mi culo. Uno de los pinchos de la bendita verja se me trabó en el culo y me hizo una herida.
Muy dignamente llegué al suelo, me bajé el vestido, que se llenó de sangre por mi herida y empecé a caminar, con los pelos alborotados dirección al colegio mayor. Parecía una prostituta apaleada. Imagina la situación, una chica sóla, a las ocho de la mañana, caminando por un pueblo de Madrid, con el vestido manchado y la pintura corrida del folleteo dormilón y las lágrimas de odio hacia Manu que corrían por mi cara. Exacto, un espectáculo de circo.
Llevaba caminando 20 minutos y sólo me quedaban cinco para llegar a la residencia monjil cuando apareció Manu con su coche.
-Sube.
-No.
-Sube.
-No.
-Celia, por favor sube en el coche.
Me subí indignadísima. Me miró y yo lo atravesé con mi mirada fulminante del cinco, dígase traducido: Múerete, hijo de puta, tú no sabes quién soy yo. Y me dijo:
-Sobran las palabras entre tú y yo, esto se ha acabado.
-Vale.
Y, así, terminó mi idilio con Manu, con un polvo a medias, una raja más en el culo y durmiendo en mi cuarto, en un cuarto piso y sin ascensor.
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