Capítulo 15
Suena el teléfono de Violeta. Ring, ring, ring. No para de sonar. ¡Qué zumbido más espantoso cuando uno está de resaca!. ¡Por lo que más quieras. No suenes más!
-¿Diga?-
-Buenos días.
-Buenos días.
-¿Violeta Medina?
-Ella en este momento no está. ¿Quién la llama?
-Soy el agente Pérez de la Comisaría-. Lo interrumpí.
-Sí. Dígame.
-Llamaba para informar a la señora Violeta de que se ha retirado la denuncia que se interpuso anoche contra su persona por agresión.
-Gracias, agente Pérez. ¿Tiene que ir mi amiga a firmar algún papel o algo?.
-No.
-Gracias y buenos días.
-Buenos días.
Fin de la conversación y final feliz de una nueva historieta de Violeta. Las dos respiramos de alivio después de que el policía nos dijera que Diego había retirado la demanda contra Violeta y qué mejor manera para celebrar una noche mala que un día estupendo y maravilloso de compras.
Nos vestimos y decidimos pasar el día entero en el centro comercial. Nos metimos en una de esas tiendas, muy conocida, que lo vende todo a precio de oro y paga a sus empleados, en el tercer mundo, una porquería por 14 horas diarias de trabajo y explotación infantil. ¡Uy!, ¿pero qué veo?, ¡qué bonito!, un vestido largo, color violeta, de algodón, abierto por la espalda de la marca Naf Naf. Joder, cuesta un ojo de la cara. Yo no me lo puedo permitir. Madre mía, 150 euros por un vestido de mierda y de algodón. ¿Ni que fuera de seda china!.
-Violeta, mira qué bonito el vestido este para la fiesta de la mortaja.
-La verdad es que sí-. Se rió.
-¿De qué te ríes?
-Es que yo me he fijado en el mismo vestido, pero su color es rosa-. Reimos las dos.-Vamos a probárnalos y si nos queda bien, vamos a la fiesta de la mortaja con él-. Sí, pareceremos Zipi y Zape, pero con toque femenino.
-Yo paso de probármelo.
-¿Por qué?
-Si te soy sincera, para mi es demasiado caro. No me lo puedo permitir.
-Tú pruébatelo y luego ya veremos. Por cierto, qué bolso tan mono llevas. Nunca te había visto un bolso tan grande.
-Gracias. La verdad es que a mi me parece un poco grande, pero me gusta.
-Buen gusto.
Cogimos los vestidos y diez prendas más cada una. En lugar de meternos cada una en un probador, nos metimos las dos juntas en uno. Ese día a la tarjeta de crédito no le salió humo, pero con una calculadora las cuentas salían claritas: 1.200 euros nos gastamos entre las dos. Lo único es que en esta ocasión la empresa nos regaló todo lo que nos llevamos ese día. No, no pienses que nos ganamos la lotería o algo así. Lo cierto es que todo lo que nos llevamos era, como digo yo, de la marca gratis. Sólo necesitas mucha pericia con unos alicates o cualquier otro instrumento que no voy a desvelar, por si a alguien se le ocurre perseguirme por este hurto, o más bien robo, hace más de ocho años ya, a lo que le añades un poco de cinta adhesiva para esconder, bajo los asientos de los probadores los sistemas antirrobos. Ese día nos llevamos de todo. Pulóvers de marca, chaquetas, los vestidos violeta y rosa de Naf Naf, un traje chaqueta, faldas y camisetas de Levis y de Tomy Hilfiger.
Pues sí. Mucha pericia, mucho arte y mucha emoción. Tanta que casi nos morimos de miedo. Cuando salimos del probador. Estúpida de mi, no se me ocurre otra cosa que dejar los pitos antirrobo dentro de los bolsillos de un pantalón que dejé colgado y abandonado, porque no era de mi talla, en el probador. Cuando salimos de él, la dependienta entró y salió de él hecha unos zorros y alterada. Seguro que se ha dado cuenta que Zipi y Zape han robado. Cómo para no acordarse de nosotras. Estuvimos casi 20 minutos dentro de los probadores riéndones y haciendo escándolo, entrando y saliendo para que nadie se percatara de las prendas que teníamos en posesión. La vendedora se quedó con nuestras caras, ropa y aspecto. No era difícil de descifrar. Una alta, rubia y con el pelo rizado largo, yo, y otra baja y morena y con el pelo suelto y liso. La morena con un vestido despampanante de Custo.
Nos dimos cuenta de la situación y nos dirigimos a los ascensores caminando, pero deprisa. Se abrieron las puertas. Dentro había una mujer con un carro y su bebé. Un señor mayor, una pareja dándose besos y una madres con su hija discutiendo. Nos subimos. Las puertas no se cerraban y, de repente, aparecen dos maromos de seguridad con sus chaquetas azules. Ponen las manos en la puerta del ascensor, para evitar que se cerraran. Violeta estaba a mi lado, mirándose los dientes en el espejo y limpiándoselos y yo, súper tensa, mirando hacia adelante. Lo único que pensaba es que nos iban a pillar y que nos denunciarían. Miraron dentro del ascensor y nos dieron las buenas tardes. Uf, qué alivio, pero aún quedaban cuatro pisos por bajar y salir por la puerta principal del susodicho centro comercial. Lo hicimos. Cada una por una puerta. Yo salí por una lateral y Violeta, más valiente que yo, por la principal. Nadie nos paró. Menudo subidón de adrelina. Cuando atravesé la puerta me empecé a descojonar, yo creo que de los mismo nervios que pasé. Lo cierto es que no me arrepiento de haberme llevado esa ropa, es más repetimos en alguna otra ocasión. Incluso, Violeta consiguió que en la sección de zapatería comenzara a poner también sistemas antirrobo, después de dejar unas sandalias usadísimas, sudadas y maltratadas por el tiempo en un estante, llevándose unos estupendos mocasines de piel de cocodrilo, que venían rondando los 300 euros. 300 euros el zapato izquierdo y otros 300 el derecho en sus pies de princesa andaluza.
Nuestra filosofía: El que roba a un ladrón tiene 100 años de perdón. Ya no sé si San Pedro me tiene en las puertas del cielo o en las del culo, pero no me importa. Yo renové mi ropero y esa gran tienda no habrá notado ni una pizca lo que le faltaba, teniendo en cuenta que cada mes facturas miles de millones de euros en todas sus sucursales repartidas por todo el país y en sus delegaciones de Portugal y Francia.
-Joder, tía. Increíble. Casi nos pillan-, dijo Violeta.
-No me lo digas que todavía tengo el estómago revuelto. Creo que no lo voy a volver a hacer en mi vida-. Mentira cochina. Lo hacía hasta sóla, jajajaja. Ya no tengo valor. Bueno, vale, los mecanismos nuevos de antirrobo no los sé quitar. Sea como sea ya uso dinero convencional o de plástico, según la ocasión.
Nos reimos durante toda la tarde de la fechoría y nos empezamos a arreglar para cenar. Ella en el colegio mayor y yo con Manu. Mi lindo e inocente novio nunca supo cómo cada dos por tres estrenaba ropa si siempre estaba a dos velas y con la cuenta corriente en números rojos.
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