Capítulo 13
De humillaciones también se aprende. La vida da muchos reveses, pero siempre te da alguna alegría, aunque por momentos todo se vuelva cada vez más negro y te hundas en un pozo sin fin. Siempre hay algún escalón para subir o una piedra en la que agarrarte para escalar. Eso le pasa a la gente común y corriente. Luego están aquéllos que nacen con estrellas y en la última fila los que nacen estrellados. Pues Violeta, aunque parezca lo contrario es de esas personas que nacen con estrella.
Gonzalo ya estaba fuera del colegio monjil pervertido y pecaminoso. Vivía en un céntrico apartamento monísimo en el centro de Madrid, cerca de la calle Gran Vía. Tenía su propia vida y nadie que lo controlara, excepto Violeta. Sin embargo, no era un control excesivo ya que ella, normalmente, estaba más preocupada por ella que por los demás. Pero, las cosas cambiaron cuando un día llegó llorando a mi habitación, en el cuarto piso y sin ascensor.
-¿Qué te ha pasado, mi niña?.
-Mi vida es una mierda. Por si no fuera poca vergüenza que expulsaran a Gonzalo del colegio mayor, ahora está metido en un gran lío y no sé cómo ayudarlo.
-Pero, ¿qué ha pasado?
- No te lo puedo contar. Pero te tengo que pedir un gran favor.
-Vale. ¿Qué necesitas?
-Que me acompañes a casa de Gonzalo.
-Vale-, contesté poco convencida. No quería que me metiera en un follón, pero era mi amiga y, al igual que ella se desvivía por mi, yo tenía que hacer lo mismo, aunque yo tuviera mis propios problemas. Con 18 años siempre te supera la empatía y el chantaje emocional. Con el tiempo eso se pasa y te vuelves más racional o egoísta, llámalo como quieras.
Nos subimos en la primera guagua que pasó por la residencia, que nos dejara en Moncloa. Una vez allí cogimos un metro has Gran Vía. Violeta tenía las llaves de la casa de Gonzalo.
-Gonzalo esta semana no está en la ciudad-, me dijo Violeta. Qué raro me sonó aquéllo. -¿No ves nada raro?
- La verdad es que no. Me parece un apartamento precioso.
-Mira esa estantería.
-¿Qué tiene?
-No ves que tiene demasiadas botellas.
-Pues lo normal.
-Sería normal si tú compartieras el líquido de dentro con alguien y no te las bebes enteritas tú solita todos los días del mundo-. Joder, me estaba diciendo que Gonzalo tenía un problema de alcoholismo.
Yo le hice la pregunta inocente, para cerciorme, de que si pensaba que Gonza tenía un problema con el alcohol. La respuesta es más que evidente: sí. Entonces, no se me ocurrió otra cosa que coger todas las botellas, meterlas en cuatro bolsas de plástico y decirle que me ayudara a tirarlas a la basura. Por supuesto, no sabía las repercusiones. Después de nuestra intromisión en el apartamento de su novio Violeta recibió una fuerte paliza por mi gracia. Y, por ende, él recibió una denuncia por mi parte, que luego Violeta retiró. No te pienses que ella voló de su lado. De repente todo se convirtió en una vorágine imparable. Ella se quedaba con él en su casa, no aparecía por el colegio mayor, sumida y sublevada a su lado. Logró salir sólita. Valientemente, un día cogió un avión y se plantó en A Coruña, de donde era natural Gonzalo, y se reunió con sus padres. Les contó que Gonzalo tenía problemas con el alcohol y que necesitaba ayuda. Sus padres no se lo creían y la echaron de su casa (no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Quinto consejo, tenlo en cuenta).
Violeta se quedó echa polvo. Yo llevaba casi un mes sin verla y sin saber nada de su vida hasta que un día apareció en el colegio y me dijo que se acabó, que ya no quería saber nada de Gonzalo. Se encerró en su habitación dos semanas. No bajaba ni a comer y el polvo y el desorden desbordaban su vida en su cuarto. Paulatinamente, se fue recomponiendo y volvió a ser ella misma. Dejó las responsabilidades que no le correspondían a un lado y empezó a pensar en ella, sólo en ella y si le sobraba algo de tiempo, también pensaba en ella. Olé, por Violeta. Mi amiga volvía a ser ella.
Violeta se recompuso de un día para otro. ¿Qué pasó? Muy sencillo. Cogió una llave e hizo una incursión nocturna al ala de los chicos. Se coló en la habitación de Sergio y folló, folló y folló. Respiró, se fumó un cigarro y volvió a follar y a follar. Pasó toda la noche haciendo la dieta del cucurucho (comer poco y follar mucho) y al siguiente día sus ojos verdes brillaban más que la luz del sol. Irradiaba energía y eso que no había dormido nada.
-Celia, Celia. Anoche follé como una loca.
-¿Con Gonzalo? Estás loca.
-No tonta, con Sergio.
-¡Con Sergio!, me cago en la leche-. Sergio era el tío más guapo/a del colegio mayor, después de Manu, claro. Digo guapo/a porque yo no sabía si era mariquita, ya que muchas veces tenía ademanes muy femeninos. -Joder, vaya suerte. Pero, cuéntame, ¿cómo pasó?
-Sergio y yo siempre nos hemos liado. Lo que pasa es que cuando yo vi que mi relación con Gonzalo iba en serio dejamos de vernos.
-Pero, si siempre te has liado con él, ¿cómo es que nunca has iniciado una relación más seria con él?- Pregunta I-N-G-E-N-U-A. Se usaban como objetos sexuales. Joé, de verdad, yo creo que ligaba por mi sana inocencia o más bien ignorancia. Menos mal que he crecido y la experiencia me ha ido dando sabiduría, aunque no mucha. Siempre me junto con cerdos, creo que me va ser zoofílica. Los últimos tíos con los que he estado son unos cerdos con mayúscula, pero la culpa es mía por no saber poner el ojo. Ellos no tienen la culpa, los penes son estúpidos y una lo sabe y también sabe que es una leve esperanza la que sustenta la ilusión de que son hombres perfectos.
Pues sí. Un polvo o varios le curaron su triste pena. ¡Viva el folleteo!, un clavo saca a otro.
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