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Capítulo 10

Capítulo 10

Navidad, navidad, dulce navidad…. 25 de diciembre, ¡uf!, ¡uf!, ¡uf! Horror. Tengo una cena y no tengo qué ponerme. Es el sin vivir de todas las mujeres. No puedes repetir vestido, porque seguro que te encuentras con alguien que ya te lo ha visto puesto y, aunque no lo creas, el mundo es un pañuelo. Nunca te fíes de que nadie te ha visto ese precioso vestido de fiesta que te compraste para la boda de tu prima la de Italia, siempre hay ojos acechando con mucha memoria fotográfica. No te fíes (cuarto consejo).

Putada. No tengo que ponerme y no tengo dinero para irme de shopping y acceder a un estupendo vestido, baratito a poder ser, y lucir mi redondo cuerpo esta noche. Tampoco puedo pedirle a las que eran mis amigas en aquel momento que me presten cualquier traje que no se quieran poner y que les sobre. Ellas tenían cuerpos de sílfide, es decir; comían poco, no comían, vomitaban tras zanpar o se hacían limpiezas tractointestinales con laxantes. Resultado: Llevo una talla 32 o, alo sumo, una 34. Imposible que mis caderas de la 40 no rajaran sus preciosos vestidos de marca. Joder, ¿qué hago? Lo único que puedo hacer. Abrir las dos puertas de mi viejo armario y rebuscar y rebuscar hasta que encuentre algo decente o para reciclar.

Por suerte o por desgracia, todo en esta vida tiene solución excepto la muerte. Y mi pequeño tropiezo con la cena glamourosa sería salvado con un precioso vestido negro, largo y entallado. Al que más tarde se sumaría un estupendo fular color gris perla que me prestaría la que aquella noche fue mi ángel, Marta.

Marta era mi vecina de enfrente, una cocainómana adicta a disfrutar de la vida y a ir a casas de empeño con sus joyas para poder tener pasta, como decía ella, y vivir la vida loca sin más problemas que los cotidianos del día a día.

Muy bien. Ya tengo vestido. Y tengo aún dos horas por delante para terminar con el ritual de los preparativos y ver el resultado final. Problema: no me sé maquillar. Tengo excusa: tenía 18 años y mis nutridas neuronas se limitaban a centrar su atención en los libros y apuntes varios que cogía en la facultad, en clases aburridísimas, sin ningún contenido que me servirían para obtener mi preciado título con el que he conseguido el trabajo perfecto, donde me pagan poco, trabajo mucho, no me agradecen nada, me amenazan y me ha restado calidad de vida y un paseo hasta el altar vestida de blanco. Un empleo que la semana pasada casi me cuesta la vida. No exagero, de verdad. Bueno sí, un poquito. Me llevé un susto tremendo. Salía de trabajar y me empezó un dolor en el pecho izquierdo. Joder, pensé, me muero en acto de servicio y sin cumplir los 27. Fui corriendo a urgencias, donde una doctora, con una sonrisa irónica me atendió. Receta: tras un electro y pedirme que me calmara; paciflorina. Más vergüenza hubiera pasada si me hubiese dicho que el dolor provenía de gases. Ya sabes, antes muerta que sencilla. Ya lo he dicho, el trabajo perfecto. Sólo me acarrea problemas, pero da menos dolor de cabeza con un novio. Lo puedo asegurar.

 

Pues sí, no tenía ni pajolera idea de maquillarme. Mis conocimientos se reducían a lo que yo pensaba que me quedaba bien y ahora que lo pienso parecía una gótica con tanta raya negra alrededor de mis lindos ojos verdosos. Por suerte, Marta se prestó a maquillarme. Con gran paciencia dedicó 45 minutos de su tiempo a maquillarme el rostro en su habitación. Un habitáculo lleno de pañuelos al estilo moruno, cojines de diversos colores y un olor constante a sahumerio ondeando junto al oxígeno en su espacio íntimo (marihuana) que te daba muy buenas vibraciones, evidentemente. Me dejó perfecta. En mi vida me había visto tan guapa.

Abrí la puerta de mi habitación y me metí en la ducha. Ya lo sé. Hay que ducharse antes de maquillarse, pero yo qué iba a saber, me interesaban más otras cosas, no le daba la importancia a la imagen que le doy hoy en día. Ya sólo me quedaban 45 minutos. El tiempo perfecto para recogerme mis greñas morenas, largas y rizadas en un moño perfecto. Para el que se piense que soy torpe le diré que soy muy buena con las manos para mi pelo. Me repaso la pintura de labios, me retoco el colorete y perfecta. Ya sólo quedaba el paseíllo hasta el salón, donde tendría que soportar caras falsas, diciéndome por delante que qué guapa estaba y por detrás criticándome a más no poder. Lo de las críticas era por pura envidia, pues yo, aunque llevaba una talla 40 era una chica muy popular. Tenía una cara bastante mona, un acento de la tierra muy marcado, y aún hoy lo sigo teniendo, y, además, era bastante simpática. A veces no hace falta tener una talla 34 para sentirse segura. La personalidad es muy importante y yo ya la tenía bastante afianzada. Bajé los cuatro pisos de rigor con mi traje negro, largo y entallado hacia la perdición de las críticas. Llegué al infierno enchaquetado. Todos perfectos, de rigurosa etiqueta. Las personas que se acercaron a conversar conmigo halagaron mi aspecto, cuestión que yo, educa y correctamente, les agradecía, como merecía la ocasión. Pero la alabanza que más me gustó provino de la chica más guapa del colegio mayor de pijos estridentes, María, que más tarde se convertiría en mi otra gran amiga. Una andaluza de grandes y rasgados ojos negros, con el pelo largo, negro y liso, un cuerpo estupendo y mucha elegancia. Recuerdo que me dijo que a Manu se le caería la baba cuando me viera. La baba no sé si se le cayó, pero otra cosa sí que no se levantó en toda la noche. Las 21.30 horas. Pasamos todos al comedor, donde compartimos caviar, langosta, solomillo y un exquisito postre helado casero y artesano, proveniente del Club del gourmet de El Corte Inglés, ya lo he dicho era una residencia monjil, pero no austera.

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