Capítulo 11
Uf, ¡Qué alivio!, ya puedo fumar. Es horrible esto de no poder fumar en sitios públicos. Qué cena más pesada y más larga. Salí al jardín, sóla. Encendí mi marlboro y comencé a darle caladas como una posesa. De lo que no me había percatado era que tenía compañía. A 10 metros escasos alguien hacía lo mismo que yo. Era Violeta.
-Hola-, oí.
-Hola.
-¿Qué tal estás, Celia?
-¿Quién eres?
-Soy Violeta, coño-. Mucho coño sí que tenía la jodía, menudo susto que me dio y más teniendo en cuenta que era de noche, que hacía un frío que pelaba y que a dónde fui nunca hay nadie, porque está lejos.
-Ah, qué pasó.
-Menuda cenita. ¿Vas a ir a la fiesta?
-Sí, ya la pagué. Ahora cogeré la última guagua que sale para la discoteca. ¿Y, tú?
-Yo no voy a salir, estoy cachonda- . Sí, ella siempre ha sido así de expresiva-. Creo que prefiero acostarme en mi cama y hablar con mi pene mágico vibrador-. Joder, trágame tierra pensé en ese momento y sonreí, porque no sabía qué otra cosa hacer a la vista de su comentario-. Y disfrutaré de una estupenda velada sin nadie alrededor, jajajajajaja. Es broma. Si no te importa iré contigo en el autobús sentada-. Y si me importaba creo que a ella le hubiera dado exactamente igual.
-De acuerdo-, contesté.
En la guagua, Violeta me hablaba de todo y de nada, pero yo tenía la mente en otro lado. ¿Habría llegado ya Manu al Caspio?, donde íbamos a celebrar la fiesta. Pronto lo supe. La respuesta era no. Manu se había ido a cenar a casa de unos ex alumnos del colegio mayor. Y, aunque él no me comentara nada, yo me olía que su ex novia, no la amiga de la tía con cara de muñeco chino, sino la ex de verdad, aquella que cuando la recuerdas se te rasga el corazón porque no has logrado olvidarla y no encuentras a nadie que te llene ese vacío, estaba en esa bendita cena de navidad. Creo que se llamaba Natalia y yo sabía qué aspecto tenía y no porque la conociera en persona, sino porque Manu tenía un portarretrato con su foto en su habitación. Nunca le pregunté quién era la de la foto. No hacía falta. No pienses que yo soy una especie de bruja y que me huelo las cosas a una legua de distancia, simplemente lo sabía porque había una dedicatoria firmada que ponía:
Te quiero. De tu Natalia para ti, mi vida.
Puag. Zorra. Son las dos de la madrugada. Manu no ha llegado. La cena era a las 10.00 horas. Han pasado cuatro horas. Seguro que está follando con ella.
-Seguro que está follando con ella.
-¿Qué dices, que no te oigo?
-Joder, Violeta. Estoy súper nerviosa y tú me dices que no me oyes. Deja de beber y hazme caso, coño. Te digo que seguro que Manu está follando con Natalia, tía. Me estoy desesperando. Subiendo por las paredes y no puedo hacer nada. Ya han pasado cuatro horas y no llega. Nadie está cuatro horas cenando, a no ser que sirvan el postre, con nata, en una cama.
-Tranquila. No está con ella.
-¿Cómo lo sabes, eh?- Me estaba poniendo de los nervios, además de roja de lo irascible que me sentía.
-Pues no te das cuenta que tampoco están los amigos. Eso puede significar dos cosas: que aún estén todos juntos cenando en casa de Javi o que estén todos juntos montando una orgía. Y, teniendo en cuenta, que estos hombres de la residencia son tan varoniles, seguro que no juegan al trenecito entre ellos y sólo hay tres tías en esa cena.
-¿Estás segura?
-Segura, Celia. Relájate y disfruta. Venga, vamos a pedirnos una copa-. Eso, hoy tiro la casa por la ventana. Por favor, una ginebra con limón, hoy me emborracho y que le den a mi Manu y a su Natalia, yo tengo mi ginebra y un estupendo dedo que muchas veces ejerce de muy buen amante. Lo cierto que más de lo que quisiera. Estoy en horas bajas.
Decálogo para dejar de sentirse mal y olvidar, que su Natalia está con tu Manu:
Paso 1: pedir una ginebra con limón, o cualquier otra bebida alcohólica que supere el 5% de volúmenes.
Paso dos: tomarla, suavemente, sin prisas pero sin pausas.
Paso tres: terminar la copa. Abandonar en la barra o en cualquier lugar preparado para este fin.
Paso cuatro: Pedir al camarero otra ginebra con limón.
Paso cinco: repetir la acción cuantas veces sea necesario.
Paso seis: Recordar que está prohibido vomitar por exceso de alcohol. Muy poco glamouroso.
Paso siete: A DIVELTISE, AMIGOOOOOOOOOOOOOOOSSSSSSSSSSSSSSS.
Evidentemente, pasaron las horas y Manu no llegaba. Pero ya me daba igual, la ginebra y Violeta me habían hecho muy buena compañía. Tic, tac, tic, tac. Las 5.00 horas. Aparecen Manu y todo el tropel de amigos. Qué aleglía, hip. No está la zola de la ex noia. Bueno, pero qué veo ahí está. Hip. Puto hipo, me está matando. Hip. Lo mato, hip, encima viene acompañado de la zola de la ex noia.
-Violeta-, chillé- Violeta.
-¿Qué quieres?, hip- Ella también tenía un problema de dicción.
-Ya llegó Manu
- Ah sí
-¿NO ves algo raro?- le pregunté insistente, a ver si se daba cuenta de que estaba acompañado de Natalia.
-Ostia, tía. Lo siento. Espera aquí que voy a arreglar, hip, este pequeño problema.
-Ni se te ocurra acercarte, hip. Que te conozco. Quédate aquí-. No te puedes fiar de Violeta, lo mismo le suelta un cachetón y se lía la revolución francesa y yo con esta borrachera no tengo fuerzas ni para mantenerme en pie.
-Vale. Pero pasa de él.
Manu se quedó un rato largo en la escalera del Caspio, bailando. Y, ella, Natalia, a su lado. Me cago en la leche. Esa noche maldije a todos los santos y a todo al que tenía alrededor. Lo único que me quedaba era mi dignidad. Así que dejé de beber, entre otras cosas porque el hipo ya me impedía hasta fumar y esperé a que se me aclararan las ideas y el alcohol se disipara un poco.
Me acerqué con mucha lentitud a la escalera, después de haberme pasado en el baño 15 minutos retocando el peinado y repasándome el maquillaje para estar perfecta. Subí escalón por escalón hasta dónde estaba él y muy dignamente dije:
-Hola
-Hola-, me contestaron los dos. Le di un beso en la cara en Manu, por si acaso fuera a estropear la reconciliación con Natalia. Y, muy dignamente y educadamente, me acerqué a Natalia.
-Yo soy Celia-. Le di un beso en la mejilla a Natalia.
-Ah, yo soy Nati.
-Encantada de conocerte-, le dije afablemente.
-Igualmente. Mira, Celia. Te presento a mi novio, Jorge-. Coño, casi me muero de la vergüenza. Menos mal que no monté un espectáculo. Estaba tan ciega que no me había dado ni cuenta que al lado de Natalia había otro tío.
-Hola, Jorge. Encantada.
-Oigan, chicos, esta es Celia. Ya antes les estuve hablando de ella-, dijo Manu.
-Ah, sí. Por fin te conocemos. Vaya, Manu sólo habla maravillas de ti-, insinuó Jorge, mientras Nati asentía.
Yo sonreí y agradecí los comentarios y me acoplé al grupo, que tan amablemente me había recibido. Joder, creo que en mi vida nunca había pasado tanta vergüenza menos mal que una luz divina me alumbró esa noche, porque yo era muy pasional y con mucho carácter y no sabía controlarme. Imagínate el pollo que podía haber montado sin ninguna necesidad
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