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Capítulo 8

Capítulo 8

Me desperté a media mañana. Sobre las 10.00 horas. Era tarde, como siempre, para bajar al comedor a desayunar, así que me dirigí a la cafetería. Cuando llegué estaba cerrada, con la verja bajada. Qué cosa más rara me dije en aquel momento, pero por suerte alguien pasaba por allí, era Chema.

-¿Qué ha pasado aquí?, ¿por qué está cerrada la cafetería?-, pregunté.

-¿No te has enterado?-. Te puedo asegurar que si me hubiera enterado no te preguntaría, bobo (pensé para mis adentros). -Anoche alguien destrozó la cafetería de Luis, le robó el dinero y no sa sabe quién fue.

-¡Qué fuerte!-, exclamé. Hay que joderse, quién más tiene, más quiere. Pero si ese colegio estaba lleno de niños de bien a los que no les hacía falta sino que les llevaran el orinal a su cama, les pusieran una sonda y mearan a gusto sin tener que levantarse. Tenían dinero, sus padres claro, para eso y para más. Tengo que recalcar que no eran todos, pero sí un 90% de ellos, en los que yo no me incluía, por supuesto. Provengo de una familia de curritos y a mucha honra.

Por supuesto, cuando ya todos nos habíamos enterado de lo que había acaecido en la cafetería de Luis, comenzaron las pesquisas. Cada uno por su cuenta. Cual juego de detectives, alguien había descubierto que en el salón de actos también se había cometido una agresión. Que no salte la alalrme, no fue a una persona, sino a un instrumento musical llamado bombardino, que tocaba un nativo de las Islas Baleares. Vete tú a saber qué hicieron con el pobre instrumento, porque estaba totalmente destrozado. Lo habían torcido. Yo, como tengo una mente calenturienta, me puse a pensar que alguien tenía necesidades físicas (ganas de follar) y lo único que encontró fue el pobre bombardino.

Inciso: si a uno que fornica con animales se le llama zoofílico, ¿cómo se le llamará al que se desahoga con un instrumento musical? Si lo descubres avísame, todavía hoy me lo pregunto . Internet no es omnisciente, como dicen algunos eruditos.

Continúan las conjeturas: el autor de la agresión, sexual o no, al bombardino y del acto vandálico en la cafetería tenía una zapatilla adidas del 43. Y, ¿cómo lo descubrieron? Muy sencillo: el responsable pisó una obra, que estaban realizando en el pasillo que llevaba desde la cafetería al salón de actos, y dejó marcas por todos lados. Pero no lo hizo sólo. Por supuesto, para qué cargar yo sólo con las culpas, si el castigo se puede dividir entre varias personas y así me toca a menos. El de la zapatilla adidas del 43, Gonzalo, cantó como un pajarito e incriminó a otros dos elementos del colegio mayor, de esos que podríamos llamar marginados o antisociales. Hoy se les llama bohemios, pasotas e, incluso, se dice que viven  de una forma original y genuina, al margen del mundo consumista que nos atrapa. Ni puta idea tienen los que defienden esta tesis. Eran asociales completamente y los pijos, extravagantes e intolerantes se encargaban de hacerles un gran vacío y recordar constantemente que eran unos marginados.

 Gonzalo, Álvaro y Kechu. Estos tres fueron los autores del delito. Las monjas castigaron, en su justa medida, a cada uno. Pero no hubo equidad. Gonzalo fue expulsado de la residencia. Álvaro fue castigado a ayudar a recoger a las limpiadoras en el comedor. Buen castigo, teniendo en cuenta que era un tío que toda su vida había vivido como un principito. Eso, a ensuciarse las manos. Y, con Kechu se abstuvieron. Curioso. El motivo puede ser por dos razones: una, porque no se pudo demostrar que estuviera implicado en el "instrumenticidio" ni en los destrozos a la cafetería o, en segundo término, las monjas estaban cagadas de miedo como para imponerle alguna penitencia de esas de las que tanto hablan en la iglesia católica.

El segundo motivo tiene su explicación, como todo en esta vida. Corría el rumor por el colegio que Kechu pertenecía a la banda ETA. Evidentemente, sobra explicar que era vasco. Lo cierto es que su apariencia incitaba a pensar que si no era etarra, seguramente pertenecía a las juventudes de su entorno, pues siempre iba con unas botas de montaña oscura, pantolones color caqui, verdes o negros de estilo y corte militar. A todo ello se suma que tenía la cabeza rapada como un skin y una cara de muy, pero que muy pocos amigos. Al tiempo descubrí que más bien pertenecía a la banda del chupa chups, como se dice en mi pueblo. Era inofensivo y tenía un atractivo innato, con su cara de mala leche y un culito redondo, con curvas perfectas y bien colocado, que empujaba a acariciarlo o, por lo menos, a desearlo. Y no. Nunca se lo toqué, aunque ganas no me faltaron.

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