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Capítulo 7

Capítulo 7

Todo el campo no es orègano. Violeta vagaba por los pasillos del colegio mayor como alma en pena. Cosa extraña en ella, porque su estado natural era caminar con la seguridad que caracteriza a una princesa, con su protocolo y sus buenos modales, eso sí: añadiéndole una buena dosis de mirada diabólica. Es decir; que más bien camina como alma que llevo el diablo, siempre maquinando en su linda cabecita. Pero ese día vagaba, hasta su cuerpo parecía pesado, aunque había adelgazado unos cuantos kilos. Su pantolón rojo y su pulóver negro de cuello alto no ocultaban el mal trago, taciturno, y el calvario que estaba pasando.

La vi. Subí a mi habitación, cuarto piso y sin ascensor. La llamo, no la llamo. La llamo, no la llamo. Nunca la llamé. No había suficiente confianza entre ambas para descolgar un teléfono y preguntar cómo estaba, que qué tal lo estaba pasando y que en la cuarta planta tenía un ancho hombro en el que llorar y unas buenas orejas encantadas de escucharla. Pero no le dije nada de eso. No la llamé. Años después me confesó que en aquel momento le hubiera gustado que la llamara.

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