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Capítulo 2

Capítulo 2

Mi nombre es Celia, tengo 26 años y estoy soltera y disponible, por si alguien quiere tener en cuenta este último detalle. Soy una mujer de carácter fuerte, reacia a seguir las normas y, por qué no decirlo, bastante guapa.

 

Ya era de día. El sol entraba por todas las ventanas y resquicios del colegio mayor. Yo estaba sentada en uno de esos retretes comunes, a moco tendido. Entre sollozo y sollozo oí una voz. Esa voz tenía dueña, era Violeta. Era la primera vez que me cruzaba con ella y su forma de dar consuelo no me gustó nada. Quizás, porque lo da igual que yo. Cuando te bajan de las nubes y te ponen los pies en la tierra en un abrir y cerrar de ojos y logras ver la cruda realidad, en un microsegundo, te puedo asegurar que no gusta nada.

Yo me había enamorado de un don Juan, Manu. Era guapo, atlético, moreno, con las espaldas anchas, los músculos bien definidos y mujeriego, pero que muy mujeriego. Todas las niñas del colegio y de por ahí estaban loquitas por él, incluida en ese saco también iba yo. Pero, aunque suene egocéntrico por mi parte, él me eligió a mi y, por supuesto, yo dejé, conscientemente, que me engatuzara entre sus vigorosos brazos.

En este tipo de historias ya se sabe…alguien, siempre, termina llorando y da la casualidad que ese día en que los rayos del sol entraban en el deprimente y asqueroso aseo del colegio mayor, Violeta escuchaba, atentamente, mis sollozos.

-Chica, ese tío no vale la pena-, me comentó. En ese momento la miré a los ojos con una mirada asesina, pensando que no tenía ni puta idea de lo que estaba hablando y, en parte, cierto era. Aún así, decidí escuchar lo que me tenía que decir, entre otras cuestiones porque no tenía fuerzas para mandarla directamente a la mierda. Además, algo de consuelo no me vendría mal, sobre todo porque las circunstancias acompañaban a ello. Se me caían los mocos, tenía el rímel corrido y parecía un burro resoplando, ¡el colmo del glamour!

-Es un mujeriego y un cabrón- espetó Violeta – no vale la pena que derrames ni una sola lágrima por él.

-No lloro por su culpa, él no me ha hecho nada.

-¿Entonces?

-La gente rumorea y no me gusta. Se inventan cosas sobre mi y yo no soy como me pintan.

-Acostúmbrate, este colegio mayor es un patio de vecinos. No hay nada mejor que hacer que inmiscuirse en la vida de los demás-. Esta frase me la recordó a lo largo de todo un año entero. Y hay que decir en su defensa que tenía toda la razón del mundo.

-Además, uno de sus amigos me ha dicho que sólo me quiere para acostarse conmigo y me ha sentado muy mal­-, señalé. ¡Qué ingenua era! por aquel entonces, qué poca personalidad tenía y qué puritana que era. El único consuelo que me queda es pensar que tenía 18 años y que no contaba con la poca experiencia que tengo ahora.

-¡Ah!- dijo, Violeta.

 

Aunque los tiros no iban por donde ella se había imaginado, no se cortó ni un pelo y me volvió a advertir que Manu no valía la pena. Sinceramente, en lugar de sentarme mal todo lo que me dijo, lo cierto es que le agradecía en aquel instante todo lo que me insinuó sobre él, aunque no le di las gracias, evidentemente, estaba hablando del hombre del que yo me había enamorado y no precisamente bien. Este fue nuestro primer encuentro fortuito, en el que definitivamente conectamos, aunque no nos daríamos cuenta hasta pasados algunos meses.

 

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