Capítulo 1
Ocho atrás, yo, Celia, tenía 18 años. La decisión más importante de mi vida tenía que tomarla ya. Blanco no negro. Me quedo o me voy. Ambas cosas implicaban vivir experiencias diametralmente opuestas. Finalmente, me fui.
Un avión, yo, mi madre y dos maletas llenas de ropa de abrigo era todo el equipaje que me llevaba.
-Señores pasajeros, bienvenidos al aeropuerto de Madrid-Barajas. El personal de a bordo les desea una feliz estancia-, dijo el piloto del avión. Ya estaba hecho. Una nueva vida, en un sitio totalmente diferente.
¡Qué decepción!, pensé cuando vi aquella horrible habitación vacía que sería mi único espacio propio durante, al menos, un año, en aquel deprimente colegio mayor. Además de ser bastante decadente el cuadrilátero aquel se localizaba en la cuarta planta y no contaba con ascensor. Bien empezaba mi primer año en la universidad.
De mi primer año, recuerdo con exactitud cada lágrima que recorrió mi rostro al despedir a mi pequeña gran amiga Violeta, una andaluza de pura raza, con el pelo negro, los ojos verdes, pequeña, peligrosa y, aunque suene antagónico, servicial. Para entendernos, más vale tenerla como amiga que como enemiga. De aquella época es la única amiga que conservo. Ese día lloraba porque llegaba el final del curso y Violeta se marchaba de vacaciones a Málaga con sus padres, que la fueron a recoger en un coche verde oscuro al colegio mayor. Los ojos me dolían de tanto lagrimar y los mocos no me dejaban respirar con normalidad. No pude controlar las emociones. No sólo lloraba porque no la fuera a ver en vacaciones, sino porque el colegio echaba el cerrojo para siempre y, quizás, nunca más volveríamos a cruzarnos.
Ese día, las monjas, la residencia estaba regentada por hermanas católicas, apostólicas y romanas, también le pusieron un candado a un curso lleno de aventuras, en las que Violeta, casi siempre, estuvo presente.
0 comentarios